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Verano 2006, |
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MÉXICO Y CANADÁ. IDENTIDADES CULTURALES EN
TRANSFORMACIÓN A DIEZ AÑOS DEL TLCAN
Resumen
En el caso del Canadá, la vecindad con los Estados Unidos pareciera ser más bien necesaria y prudente.
El presente trabajo analiza las implicaciones de la vecindad de México y Canadá
con los Estados Unidos y de las condiciones de su relación no sólo en el ámbito cultural
sino también en otros aspectos en el marco del contexto internacional. Así mismo,
se abordan los esfuerzos de cada uno de los gobiernos de México y del Canadá en
términos de generar una política cultural y de comunicación que permita cohesionar
sus identidades nacionales. |
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INTRODUCCIÓN Tanto para Canadá como para México, la vecindad con los Estados Unidos es un tema recurrente que cala las más hondas raíces de la identidad de cada uno de estos pueblos. Esto ha constituido un elemento valiosísimo para la definición de la estructura nacional de ambos países, al mismo tiempo que ha traído como consecuencia importantes definiciones de territorio y de cultura. La determinación territorial de ambos países estuvo condicionada, en un primer momento, por los intereses de España, Inglaterra, Francia y Portugal en el nuevo Mundo, y posteriormente por una permanente repulsión hacia los intentos expansionistas norteamericanos. La posición que identifica a ambos países, entonces, está plagada de desconfianzas y de recelos frente al poderío norteamericano. Un momento clave en la historia de México y Canadá fue precisamente la firma del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA o TLCAN), en ceremonia celebrada el 17 de diciembre de 1992.[1] México cruzaba el umbral de la puerta de la modernidad; para Canadá, quizás fue una ampliación de una obligación existente, pero para México sí representaba un cambio sustancial. Hoy, a más de diez años de distancia, México es otro. Por primera vez en la historia de nuestro país nos gobierna un partido diferente del Partido Revolucionario Institucional, se habla abiertamente de democracia y los medios de comunicación prueban las mieles de la expresión irrestricta. Pero los intercambios culturales con sus socios comerciales, lejos de permitirle un desarrollo armónico y uniforme ha hecho aún más patentes las desigualdades existentes desde la firma del tratado. Por otra parte, en Canadá también se han dado cambios sustanciales desde 1994: Una fuerte ola anticonservadora y de repudio a los intereses norteamericanos para la integración del bloque obligó al Primer Ministro Brian Mulroney a retirarse del cargo, de tal manera que, tras una breve sustitución por su homóloga Kim Campbell, la cabeza del gobierno federal fue ocupada por el liberal Jean Chrétien, a quien le sucedió el también liberal Paul Martin. Con el Tratado de Libre Comercio para América del Norte, los norteamericanos consistentemente insistieron en la presencia de las industrias culturales dentro de la negociación; de manera que éstas quedaron consignadas, no para Canadá, pero sí para México, como uno de los aspectos esenciales para la liberación. La modernización tocó a la puerta de México y Canadá con el TLCAN, pero la forma en que los canadienses aceptaron la injerencia de más y nuevos contenidos norteamericanos y la manera en que lo hicimos los mexicanos, fue sustancialmente diferente. Y es que por supuesto, qué tan modernos somos, depende en gran medida de cómo nos consideramos. Para México, la sola idea de entrar en el Tratado ya significaba el acceso a los contenidos culturales antes restringidos y, en ese sentido, lo que hicimos como mexicanos fue sumergirnos en un perpetuo forcejeo entre un pasado que nos arrastra y un futuro que nos promete. Nuestra identidad como pueblo y como Nación, se funden en lo que parece ser el último reducto que nos diferencia en un mundo que tiende a la globalización y a la fusión de identidades culturales. Fue precisamente el Tratado como el clímax del momento del roce cultural, del reconocimiento de la existencia del otro como una existencia necesaria. Ése fue el momento también, en el cual nuestras identidades se confrontaron nuevamente frente a la eterna presencia cultural norteamericana. IDENTIDAD CULTURAL Y NACIONAL, ¿A QUÉ NOS REFERIMOS? Dentro de la dimensión cultural existe, por un lado, ese proceso continuo que significa día con día hacer la identidad; y por otro, la necesidad de la formación de un mito, como correlato político de una idea de nación, creada para satisfacer el discurso de la unicidad social necesario en todo proceso de modernización. Ambos conceptos emergen de un origen diferente: la identidad cultural nace del pueblo, la nacional es propuesta por el Estado. Quienes hablan de la necesidad de preservar una identidad para nuestro país, confunden términos, en la medida en que observan el peligro de que la fusión con el bloque de América del Norte, implique una fusión cultural, cuando en realidad están llevando a cabo una furiosa defensa de la identidad nacional. Quienes defienden la integración, generalmente lo hacen sobre la base de aclarar que toda cultura necesita revitalizarse por contacto con otras, y que aquélla que no permite la inclusión de elementos nuevos, perece; de esta forma están en esencia refiriéndose a lo que aquí llamamos identidad cultural (Casas, 19961, 1996b, 1996c, 1997, 2000). La premisa fundamental que intentamos desarrollar a lo largo de este trabajo es que las zonas limítrofes de México con Estados Unidos y de Estados Unidos con Canadá, en realidad se han constituido como entidades culturales autónomas, independientemente de las líneas fronterizas. Estas regiones se han articulado con las migraciones de los grupos que poblaron la zona, desde la aparición de México, Estados Unidos y Canadá como naciones independientes. El análisis entonces debiera centrarse en las formas en las que estructuralmente se entrelazan los mecanismos culturales con los de cooptación política y económica, así como las que entretejen de manera muy clara, las instituciones culturales y cómo los medios de comunicación ahora nos presentan una imagen de lo que son nuestros vecinos dentro del TLCAN. La discusión ha de girar en torno a las dimensiones de un proyecto nacional, en la manifestación clara de una preocupación no tanto cultural sino política, relativa a la ausencia de participación social en la definición de los mecanismos y de las instituciones que han de participar en el proyecto modernizador nacional (Béjar, 1999). Para México, en realidad, como indica Carlos Monsiváis (1987), el nacionalismo mexicano se ha eclipsado en aras de una identidad postnacional que no reconoce fronteras culturales, sino que se funde con las otras identidades: las del consumo, las de la tecnología, las de la globalización. Por su parte, Roger Bartra (1991), reconoce que no tenemos más remedio que enfrentar a la posmodernidad del fragmentado mundo occidental del que formamos parte. Carlos Fuentes (1991), apunta que la modernidad ha sido nuestro fantasma constante, nos ha acompañado a lo largo de toda nuestra historia. La realidad, dice el autor, es que tenemos que hacer cuentas con nuestro pasado para hacer frente a esa historia y asumir lo que somos. Mientras no asumamos lo que somos no podremos seguir adelante. Parte del reconocimiento de la propia identidad recae en el reconocimiento del otro, en la conciencia de lo extraño que acaba por enriquecernos. La problemática de la apropiación intelectual en nuestro tiempo, dice García Canclini (1990,1992, 1999), radica en la aceleración de sus procesos producto de la nueva tecnología de información, y particularmente en un momento como el actual en que las identidades son políglotas, multiétnicas, migrantes y hechas con elementos de varias culturas, cuando la mayor parte de los bienes y mensajes que recibimos no son producidos en el propio territorio, sino que más bien pertenecen a un sistema desterritorializado, lo que se da es una transnacionalización y una globalización de la cultura. Con su adhesión al Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México, Estados Unidos y Canadá entraron en una relación trilateral que les implicó una serie de reacomodos, sociales y económicos, pero rastreemos un poco los orígenes de esa relación. HERENCIA CULTURAL: LA ESENCIA DE UN PUEBLO Canadá y México comparten su frontera principal con los Estados Unidos. Esta situación ha constituido un elemento valiosísimo para la definición de la estructura nacional de ambos países, al mismo tiempo que ha traído como consecuencia importantes definiciones de territorio y de cultura. Si bien en México había asentamientos culturales al menos desde el año 1500 a. C. y se reporta que en Canadá hubo campamentos vikingos desde el año 1000 a. C., es importante tomar en consideración que la definición territorial moderna del Canadá y de México fue en buena parte definida no únicamente por sus constituciones originarias en términos de las civilizaciones europeas que les conquistaron, sino también por las incursiones norteamericanas de los siglos XVIII y XIX. Al parecer durante la guerra de independencia de los Estados Unidos, hubo algunas incursiones norteamericanas hacia las provincias orientales del Canadá; sin embargo, las inclemencias del tiempo y la poca disposición de los colonos ingleses en el Canadá, quienes prefirieron seguir dependiendo de la Gran Bretaña, debilitaron estos intentos de integración. Años más tarde, los Estados Unidos ya independientes, intentaron anexarse la provincia de Québec, pero el clima y la presencia francesa debilitaron esas incursiones, por lo que prefirieron voltear la mirada hacia el Oeste y hacia el Sur. De todos es conocida la anexión de Texas y de otros territorios mexicanos en distintas etapas de la historia de México durante la segunda mitad del siglo XIX. Estados Unidos estaba muy interesado en obtener una salida al Golfo de México, por lo que obtuvo la venta de la Louisiana por parte de Francia, al mismo tiempo que continuó sus incursiones hacia el Oeste. Así, la conformación territorial de lo que hoy es Estados Unidos, en gran medida se logró por estas condiciones económicas y de interés comercial expansionista durante sus años de forja. La guerra civil norteamericana muy probablemente debe haber eclipsado algunas otras intenciones para la incorporación de más territorios mexicanos o canadienses (De Palma, 2001). Así pues, la determinación territorial tanto de Canadá como de México estuvo condicionada en un primer momento por los intereses de España, Inglaterra, Francia y Portugal en el nuevo mundo, y posteriormente por una permanente repulsión hacia los intentos expansionistas norteamericanos. No es de extrañarse entonces, que la composición identitaria de ambas naciones esté plagada de desconfianzas y de recelos frente al poderío norteamericano. Todas estas fuerzas culturales han sido sumamente importantes en la formación de las identidades culturales mexicana y canadiense en la medida en que han forjado formas de vida y de cultura. Por supuesto que tanto Canadá como México delimitaron su territorio y definieron su nacionalidad a partir de importantes esfuerzos estatales que permitieron proteger, en cierta medida, una esencia básica de identidad nacional; sin embargo, ello no impidió que los mexicanos de la frontera norte de México y los canadienses de la frontera sur del Canadá no desarrollasen elementos de conformación cultural semejantes. En el primer caso, por supuesto que la herencia cultural española articuló una forma de ver la vida y concebir un paisaje muy distinto al del segundo caso en el que las costumbres sajonas se mezclaron con tradiciones francesas; sin embargo, en ambas situaciones la influencia norteamericana y el sentido de participación y presencia estadounidense dejarían una huella que sería muy difícil de borrar (Herrigan, 2002; Tremblay, 1992). El hecho de que al inicio de los años noventa se hablara siquiera de la posibilidad de conformar un bloque económico norteamericano removió muchas desconfianzas respecto de una relación permanente con la hegemonía más poderosa del planeta. Muchas conversaciones, y muchas antesalas tuvieron que cumplirse antes de que esta negociación fructificase en un documento que sería firmado por los jefes de Estado de los tres países. Si bien los escollos diplomáticos para la integración de las tres economías pudieron ser salvados de primera instancia, mucho tendría que pasar para que este bloque de culturas hiciese su integración en la práctica. La riqueza de un territorio, las reliquias históricas, las obras de arte, la arquitectura y la pintura, constituyen parte del patrimonio de cualquier pueblo; de tal manera el estímulo de la creatividad artística y la difusión del arte y la cultura representan en esencia, la preservación de nuestra herencia cultural (el reconocimiento de que merece ser alentada y difundida). Los pueblos de México, Canadá y Estados Unidos, son depositarios de una herencia cultural distinta. La herencia cultural por tanto, es cultura en potencia, pero también en acto, es decir, es la preservación y manifestación de todas las potencialidades de expresión cultural propias de una comunidad de individuos herederos de una misma serie de valores, pero que además se reconocen como capaces de producir expresiones y manifestaciones culturales propias. La información constituye el mecanismo de preservación de la herencia cultural y por lo mismo, tiene que ver directamente con las actividades de producción y distribución de información social; y resulta fundamental conocer en qué sentido viaja esta información social, quién es el que determina los mecanismos de producción y distribución de la información, qué tipo de expresiones culturales o de producción simbólica se exportan o importan, hacia dónde y a favor de qué. Si tomamos en cuenta el volumen de información social que fluye entre una cultura y otra, encontraremos que México y Canadá son desiguales frente a los Estados Unidos, de la misma manera que México es desigual ante Canadá. Pero estas últimas son claramente subordinadas de la estadounidense. En los diez años de vigencia que lleva la relación, México y Canadá han experimentado una auténtica recomposición de la identidad cultural. Y la apropiación de la cultura de otros viene dada por simple exposición a la misma. En ese sentido, el surplus de la oferta norteamericana por encima de la canadiense y de la mexicana, tenderá a dominar, como lo ha hecho hasta ahora, la relación intercultural. Si bien el plano de las industrias culturales está implícito en el Tratado, es un hecho que la cultura y los intercambios culturales vienen a unir a las tres naciones como ya lo hizo en algún momento de su historia su relación con los Estados Unidos; pues por un lado, la influencia cultural a través de las comunicaciones tiene profundas implicaciones para su “soberanía cultural” y su identidad nacional (como lo hicieron antes, en el tratado firmado con Estados Unidos a fines de los ochenta) (Thompson en Randall y Konrad, 1995). En la medida en que Estados Unidos ya era la potencia mundial dominante en esta materia, insistía en que a los productos culturales se les tratase en igualdad de condiciones que cualquier otro tipo de mercancía. En el caso de México, se le restó importancia al tema en los círculos gubernamentales, pues los negociadores mexicanos y las autoridades del momento pensaban que nuestro país tenía “una” identidad “muy firme”. Sin embargo, el hecho es que, en los intercambios entre los tres países, se ha desarrollado una “balanza comercial” muy favorable a Estados Unidos, y complementariamente muy desfavorable a Canadá y, en menor medida, también a México (Sánchez Ruiz en Tremblay, 1995). Los intercambios entre México y Canadá son mínimos, aunque al parecer favorables a este último (Tremblay y Lacroix, 1995). Nos encontramos pues ante un panorama desequilibrado en donde simplemente la oferta de un país supera a la de las otras partes en el acuerdo de intercambio (AMIC, 1993). El problema que presenta la dominación estadounidense en el mercado canadiense, y muy probablemente se presentará de la misma manera en el mercado mexicano, es la incapacidad de tener acceso al mercado propio; el consumidor deja de tener acceso a lo que produce su propio país en términos de cultura, prefiere la oferta cultural que se le presenta como la más abundante, desconoce lo que se produce internamente, y lo que es peor, termina por reconocer lo extranjero como si fuera propio (Lozano y Martínez, 2004). La situación anterior puede muy bien deberse a las condiciones generales que plantea un mundo globalizado, pero también a la condición inevitable de nuestra vecindad con la nación más poderosa del planeta, y sin querer con esto menospreciar la importancia de nuestra cultura, es un hecho que la posición económica y comercial de los Estados Unidos hace predominar los intercambios informativos y culturales en un solo sentido. Es así que podemos hablar de una cultura estadounidense predominante sobre la cultura mexicana y canadiense. Ahora bien, en el caso de México es un hecho que no podemos detener la tendencia de apertura a los medios internacionales, ni nuestra integración con el bloque económico de América del Norte; tampoco es conveniente aferrarnos al bastión de la identidad nacional, pero lo que sí podemos hacer es promovernos como entidad cultural distinta y diversa frente a los Estados Unidos y Canadá, fortaleciendo y regenerando nuestra herencia cultural (Flores Olea, 1993). IDENTIDADES CULTURALES EN TRANSICIÓN Las identidades, como las culturas en el mundo actual son híbridas, producto de mestizajes que ocurren cada día más aceleradamente con el proceso de «globalización», y en el afán de las sociedades por desarrollar su propia identidad, los procesos que las lleven a esto se encuentran supeditados no sólo a los impulsos modernizadores propios de cada contexto social, sino a los avatares de un contexto globalizador internacional que obliga a las sociedades menos modernas a seguir ritmos modernizadores exógenos a sus patrones originales de desarrollo. Los textos de historia tanto mexicanos como canadienses hacen poca referencia a la presencia norteamericana, salvo cuando se refieren a los estados Unidos en posición de dominación o conquista. La historia que consignan los libros es una historia de autonomía de los países. No es sino hasta la aparición oficial del bloque económico de América del Norte que se empieza a reconocer a la región como una, cuando de hecho en lo cultural y en lo social las fronteras ya eran una sola desde tiempos inmemorables. Cambió no solamente la geografía, sino también la manera en que los mexicanos y canadienses perciben su relación con el otro. Resulta importante entonces darnos cuenta de que la realidad económica, política y cultural de México y Canadá ha cambiado con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y que cuando una de las esferas de la vida social se altera, necesariamente se afecta a las demás. Los mercados económicos traen consigo la posibilidad de consumir nuevas mercancías, el consumo de productos, nuevos patrones de vida, los sectores sociales se recomponen, o dicho de otra manera, la modernización enfrenta formas nuevas y viejas de reconstitución de la movilización y subjetivización de los actores y sujetos sociales. Lo que sucedió es que el ambiente cultural fue propicio para reproducirse posibilitando así la coexistencia cultural de elementos tradicionales, junto con otros productos masivos de consumo cultural. El consumo no se inició con el TLCAN, simplemente, se oficializó.
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| Fecha de publicación en red: 07/Agosto/2006 | |||||
| Revista Mexicana de Estudios
Canadienses. Verano de 2006. Vol.1, nueva época, número 11. © Copyright 2003 - 2006. Asociación Mexicana de Estudios sobre Canadá, A.C. |
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