Revista núm. 4, otoño 2002

Otoño 2002,
nueva época, número 4.

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REVISTA MEXICANA DE ESTUDIOS CANADIENSES
nueva época
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ENTRE CONFINES LINGÜÍSTICOS, GEOGRÁFICOS Y SIMBÓLICOS

Laura López Morales

Resumen
Dada la singularidad de su historia y de su proyecto cultural dentro de la Federación canadiense, la existencia de fronteras reales y simbólicas (políticas, lingüísticas, sobre todo) ha constituido, para la población quebequense francófona, una fuente de vivencias que podemos rastrear a través de diferentes manifestaciones sociales y estéticas, en las que la literatura representa un rico filón. Nuestro propósito será identificar algunos de los principales rasgos de tales experiencias, que el discurso literario recoge, procesa, metamorfosea y nos transmite.
   

DESPEJANDO CONCEPTOS

El tema que nuestra asociación escogió en esta ocasión como eje de las reflexiones de los canadianistas aquí reunidos, nos invita a hacer algunas puntualizaciones previas. Hablar de fronteras reales y fronteras simbólicas supondría aclarar de entrada lo que entendemos no sólo por frontera, sino muy especialmente por real como opuesto o complemento de simbólico.

Precisaré, muy brevemente, el sentido en el que asumo la noción de frontera. La etimología latina nos dice que el término deriva de frons, frontis aplicado a la parte anterior del rostro, a la fachada de una construcción o a la superficie destinada al contacto con alguien o con algo. Aunque no nos interese por su referente bélico, existe igualmente la acepción relativa a la franja de territorio donde se asientan las tropas para repeler al enemigo, en situaciones de guerra. La palabra también suele evocar límite, demarcación, confín y, en ocasiones, barrera que separa y delimita, en sentido propio y figurado. Pensemos en que, buena parte de nuestra vida, nos movemos entre y dentro de fronteras geográficas, culturales y lingüísticas equivalentes a otras tantas barreras mentales y sociales, a fin de cuentas simbólicas y que, según los casos, defendemos por instinto de conservación -alguien diría, de identidad- o bien, cuando la alteridad ha dejado de resultar amenazante, nos esforzamos por franquear animados por la necesidad de comunicación, de encuentro y de comunión con el otro.[1]

Pasemos, aunque sea de manera un tanto rápida, a las otras dos nociones de nuestro programa temático. El adjetivo real nos remite claramente al sustantivo realidad, y estoy segura de que estarían de acuerdo conmigo en que se llenarían muchas páginas para definir lo que, según el enfoque: filosófico, físico, social, literario, etc…, cobijamos con ese término. Para no entrar en las enredadas argumentaciones propuestas por los teóricos de la literatura a propósito de escuelas como el realismo, o por los filósofos como Kant, que opone dicha noción a idealismo y a espiritualismo, me atendré únicamente a lo que apunta el diccionario: del latín realis, que a su vez proviene de res, cosa, aplicado a aquello que tiene existencia verdadera y efectiva. En este caso nos importa subrayar dos aspectos; por un lado: la dimensión concreta, en tanto que derivado de res cosa; por el otro, nos interesa su carácter de verdad.

Veamos por último de qué manera acabamos de ceñir nuestro enunciado con lo que el segundo adjetivo sugiere. En este caso la raíz griega symbolon (signo, marca distintiva), nos remite a la imagen o figura con que se representa materialmente un concepto. En sus orígenes equivalía a “señal de reconocimiento, pieza de identidad”, correspondiente a un objeto dividido en dos partes, cada una de las cuales era conservada por un amigo al separarse de otro; durante la ausencia del que se alejaba una mitad evocaba la otra y la unión de ambas atestiguaba la amistad indisoluble de las dos personas. Con el tiempo, el término se aplicó al “hecho natural u objeto que evoca por su forma o su naturaleza, una asociación de ideas con algo abstracto o ausente”; esta definición se emparenta con la que nos sugiere un elemento susceptible de dos interpretaciones. Desde el punto de vista de la retórica éste sería el caso de la metáfora y de la metonimia. Lo cierto es que el vocablo es de uso delicado, sobre todo si aceptamos que en su forma adjetival suele designar igualmente algo significativo o alegórico, que figurativo o convencional. Otra acepción que denota un debilitamiento del sentido original remite a aquello que, sin dejar de ser real, carece de eficacia o de valor en sí mismo fuera de su papel de símbolo. Podríamos tomar en cierto sentido el ejemplo de las monarquías sobrevivientes en la política europea.[2]

Ahora bien, si nos ceñimos específicamente a la temática que pretendemos desarrollar, no podemos perder de vista que las nociones arriba evocadas adquieren nuevas connotaciones a la luz de conceptos más recientes como zonas de contacto, desterritorialización, espacio lingüístico, “entre-deux”, espacios transfronterizos[3] que no designan otra cosa sino el desdibujamiento de las fronteras y límites en los ámbitos de la raza, la lengua y la cultura que define a la situación de hibridez, mestizaje y heterogeneidad.

A partir de lo anterior, podríamos decir, de manera esquemática, que las fronteras reales, verificables o identificables en el espacio, equivaldrían más o menos a las líneas divisorias entre estados, provincias, municipios y barrios en las ciudades que, por lo demás, pueden corresponder, grosso modo, a otras tantas fronteras sociales y culturales. En este último caso, es cierto, el carácter de dichos linderos suele ser no muy estable en virtud de la intensa movilidad demográfica que se registra particularmente en algunas regiones. Éste es, entre otros factores, el origen de las fronteras simbólicas que se manifiestan a su vez, tanto en el plano social como en el cultural y el lingüístico, por ejemplo entre canadienses -anglos o francos- y amerindios e inmigrantes. Ahora bien, si aceptamos el fenómeno de la desterritorialización[4], dichas fronteras se mueven constantemente y por lo mismo todo se vuelve zona de contacto.

En contextos multiculturales, las lenguas como medio de interacción social o como instrumento de escritura literaria, se convierten en un espacio problemático porque si bien establecen puentes que invalidan ciertas fronteras entre grupos identitarios diferentes, también son el terreno en el que las peculiaridades de cada quien suelen ponerse de manifiesto y, en ocasiones, donde se afirman las diferencias individuales.

En el caso de Québec, (como sucede seguramente en otras naciones que asumen claramente su plurilingüismo) la traducción del inglés al francés se utilizó hasta no hace mucho como estrategia para abatir las fronteras lingüísticas en las dos comunidades mayoritarias.[5] Una cosa es cierta, el inmigrante que aspira a penetrar en la cultura de la sociedad receptora tiene que aceptar la necesidad de aprender no sólo la lengua sino otros códigos sociales de la colectividad de adopción. Por otra parte, y para subrayar la complejidad de la situación, las más recientes investigaciones[6] ponen en tela de juicio la supuesta y casi mítica homogeneidad de la cultura y del pueblo quebequenses en el espacio más o menos delimitado de la provincia. Es por ello que conviene también precisar que, independientemente de la nueva interacción entre grupos culturales diferentes, la creación de espacios fronterizos, que separan y acercan a la vez, pone en riesgo la, tan defendida por algunos, “unicidad” de la cultura receptora, como sucedió en cierto momento en Quebec. Es aquí donde cabe preguntarse y hacer extensiva la interrogante a muchas otras latitudes del mundo actual: ¿en dónde empieza y en dónde termina una cultura?

A este respecto, Sherry Simon afirma muy atinadamente que:
El debate acerca de la identidad cultural en Québec participa obligatoriamente de un contexto mundial caracterizado por profundas mutaciones tanto socio-demográficas como conceptuales. Las migraciones sin precedente de la era poscolonial, la aceleración de las comunicaciones y de los desplazamientos, y la internacionalización de la cultura de masa que de ello deriva, van acompañados por revoluciones en el orden de las afiliaciones identitarias. La creciente heterogeneización de las poblaciones y la dispersión de sus fidelidades imponen un reto a las imágenes y a los mitos de la especificidad de la cultura nacional (1991; p.17)

Consciente de que esta problemática es inagotable y de que la evoqué un tanto irresponsable y temerariamente, quisiera cerrar esta primera parte con lo que al respecto nos dice otro investigador en la materia. Sin perder de vista las diferentes posturas que se han adoptado respecto a la noción de “cultura”, James Clifford subraya que ésta ha ido perdiendo su antigua dominante de transmisión y continuación de tradiciones, usos y costumbres depositarias de la especificidad del grupo en el que evoluciona cada individuo. La cultura se ha convertido en nuestros días en una suerte de “performance improvisée” […] “la diferencia cultural ya no es una otredad exótica y estable; las relaciones de alteridad son más bien asunto de poder y de retórica, que de esencia”.[7]

Así que ahora resulta cada vez más difícil que las señales de reconocimiento emitidas por una comunidad tengan la misma vigencia y efecto que antaño pues el abigarramiento del paisaje cultural actual las desdibuja y las vuelve inoperantes. Esto sucede sobre todo si se adopta un corte sincrónico, a la manera de Foucault, donde veremos que la cultura está más vinculada con el espacio. En efecto, al dejar de ser vista como el conjunto de tradiciones perpetuadas en función de un eje diacrónico, lo que se yergue ante nosotros es una “densidad horizontal”, sobrecargada de representaciones que poco o nada tienen que ver con la transmisión de un código de valores seguro. Los referentes discursivos de los grupos que comparten un espacio dan lugar a una gran diversidad de interpretaciones y, por lo mismo, las zonas de contacto de dichos grupos son, por su movilidad, otras tantas fuentes de sentido.

 

LA ALTERIDAD COMO FRONTERA

Aunque los especialistas[8] no se pongan de acuerdo respecto a la fecha exacta de su nacimiento, no resulta difícil identificar desde los inicios de las letras canadienses en francés a quién remitía, en el imaginario de los descendientes de los primeros colonos galos, la vivencia de una alteridad conflictiva. A decir verdad, aunque de manera reductora, se trataba de una doble otredad: por un lado, el inglés, que lo amenazaba de cerca, en su propio territorio; por el otro, el francés, entidad lejana y abstracta que inspiraba resentimiento por el abandono decretado en 1763 o, incluso, admiración como modelo cultural al que era necesario aferrarse para preservar su especificidad. Esos dos “otros” aparecen pues tanto en el discurso literario, como en el ensayístico y en el periodístico. La ideología que permea en la mayoría de los escritos desde esa época hasta mediados del siglo XX traduce bien, aunque no siempre de manera consciente, las fronteras reales y simbólicas que el pueblo francocanadiense se asignaba y defendía. Todavía más, la lengua, la religión, la cultura y el terruño, correspondían a otras tantas fronteras que separaban a esta comunidad del resto de las provincias y de la región.

Tan vigentes eran dichas separaciones que, en pleno siglo XIX, encontramos que esta percepción estuvo alimentada, desde dentro y desde fuera, por una suerte de reflejo especular proyectado por las instancias del poder británico. El célebre Rapport Durham (1839)[9] no hace sino consagrar, en términos de arrogancia y supuesta superioridad, la diferencia entre ingleses y franceses. Toda la estructura del escrito redactado por el enviado de la reina Victoria, a raíz de los levantamientos de 1837-1838, reside en la oposición de las características raciales, sociales, económicas, religiosas, culturales, etc.etc. entre el alto y bajo Canadá, es decir entre ingleses y franceses. (cf. p. 64) El documento en su totalidad está planteado en términos de antagonismos. La otredad inglesa representó simbólicamente la colonización y la inferiorización. Esta imagen de sí mismo y del otro, duró todavía más de un siglo y, en ciertos aspectos, se enquistó al grado de alimentar hasta hace unas décadas, y aún hoy día, el proyecto separatista de todos conocido.

Pero, para no alejarnos del terreno de las letras que reflejan bien lo vivido en el escenario político, recordemos a escritores como Gaston Miron y Michelle Lalonde[10] que ponen el dedo en una de las llagas más dolorosas del pueblo francófono: la defensa de la lengua, considerada por ellos como el baluarte de su identidad. Ambos poetas subrayan los riesgos que la amenazan debido a la condición de colonización cultural de que son víctimas por un entorno predominantemente anglosajón. En Speak White Lalonde dice a la perfección la dolorosa manera como la diferencia lingüística y, por supuesto, social. En no pocos poemas, también Miron se rebela contra lo que él considera una colonización cultural, palpable de manera insidiosa en la lengua. Sin embargo, y desde una perspectiva más amplia, la alteridad lingüística es sólo una faceta de una realidad más compleja pues la dependencia económica, la subordinación política o la tradición cultural representaron otras tantas barreras entre esas dos comunidades mayoritarias.

Al abordar el problema de las fronteras reales y simbólicas que las letras nos permiten descubrir en el imaginario quebequense, resulta sin embargo imposible hacer abstracción de referencias aparentemente ajenas a la literatura. Me explico, al cabo de unas líneas, me percato de mis propias desviaciones, de que me estoy internando en espacios más socio-históricos; y lo que me sucede es que para dar peso y validez a mis aseveraciones considero imperativo justificarlas con otros argumentos. Esto habría sido un pecado en tiempos de la crítica estructuralista; por el contrario y para fortuna nuestra, las nuevas corrientes, y en especial el poscolonialismo, privilegian los aportes de otras disciplinas sociales (sociología, historia, psicología, psicoanálisis, filosofía, hermenéutica…) en la interpretación de los escritos producidos en zonas antiguamente subordinadas a una metrópoli.

Regresemos pues a nuestro hilo conductor, es decir, a la identificación de barreras reales y/o simbólicas en el imaginario quebequense. Desde el punto de vista geográfico, otra frontera que simbólicamente está muy presente en la literatura de habla francesa, pero también inglesa, sobre todo en sus inicios, es la de las grandes extensiones nevadas que ejercieron un efecto de temor y fascinación. Para Maximilien Laroche, investigador y crítico haitiano avecindado en Quebec desde hace muchos años, la enorme frontera lingüística (con respecto a Estados Unidos y al resto de Canadá) y lo que se conoció como el Grand Nord, dieron pie en el imaginario francocanadiense a que la provincia se percibiera más bien como una isla. A este respecto, Edouard Glissant, escritor martiqueño ampliamente conocido, estudia con gran perspicacia la psicología del antillano en la que la pertenencia a un archipiélago determina y suscita un sentimiento de incomunicación y de aislamiento. Sus reflexiones cuadrarían muy bien con ciertos rasgos de los antiguos canadienses.

Si seguimos en la perspectiva espacial, con su consiguiente enfoque sociocultural, encontramos otra distinción clave, a saber: la que opone el campo a la ciudad. El imaginario que contrasta el mundo rural frente al urbano es perfectamente discernible, como ya hemos dicho, en la literatura. Novelas como Bonheur d’occasion (1945) de Gabrielle Roy[11], marcan el paso de una población rural a una sociedad urbana debido a las presiones económicas del mundo industrializado. Abundan los ejemplos literarios[12] que a lo largo de la primera mitad del siglo pasado pintan la vida rural. La novela de Roy, que marca un hito en la historia literaria de Quebec, cuenta la historia de una familia de campesinos instalada en Montreal y las mil penurias que deben afrontar en ese mundo urbano despiadado. Bonheur d’occasion pone en escena otra modalidad de las barreras que cuadriculan a una ciudad y a una sociedad al trazar una suerte de mapa simbólico de los diversos barrios de Montreal, equivalentes a otros tantos estratos sociales.

Textos como el de Roy o como el manifiesto de Paul Emile Borduas titulado Refus Global (1948), representan la antesala del gran cambio producido por la Revolución Tranquila, especie de frontera temporal entre el antes de los canadienses franceses y el después de los quebequenses; en pocas palabras, entre una mentalidad paseísta y una voluntad movilizada por la modernidad del presente y los desafíos del futuro. Ahora bien, después del renuevo que representó la Revolución Tranquila, en virtud de la revisión tanto de la autopercepción que los francocanadienses de Québec tenían de sí mismos, como del proyecto nacional que, desde diferentes enfoques, movilizó y canalizó todas sus energías en aras de la construcción de una identidad orgullosa no sólo de su pasado sino, sobre todo, del presente y de un futuro promisorio, las esferas artísticas e intelectuales se percataron de la necesidad de formular la realidad en otros términos. Por principio de cuentas y, como ya se dijo, había que renunciar a la lectura que erigía a la sociedad quebequense -y de paso su reflejo literario- como un todo homogéneo, dentro de un espacio definido en cuyo seno la cultura nacional también parecía ser un bloque unificado. Esta concepción empezó pues a resultar inoperante.

 

LAS PRIMERAS ALTERIDADES

Es Jean-Charles Falardeau[13] quien afirma que, hasta esos años, la sociedad francocanadiense se siente reflejada en su narrativa, por lo que

… todavía resulta posible estudiarla en su totalidad. Esta sociedad es, en más de una forma, insular. Conoce sus fronteras. Y prueba de ello es el hecho de que nuestra literatura no hace mención de ninguno de los universos sociales de otra lengua y de otra cultura que no sólo nos rodean sino que se mezclan a nosotros…

y donde, precisaríamos, se imponía la alteridad inglesa. Sin embargo, la posición de este teórico es tal vez demasiado simplificadora porque obedece a la convicción antes señalada de que la sociedad, la cultura y las letras de la provincia francófona constituían un todo homogéneo. En realidad, desde mucho antes la literatura registra la presencia de seres venidos de otras tierras que aparecían como representantes de su cultura; esas obras que trataban tanto de la problemática de las relaciones coloniales, como de las transformaciones operadas en los inmigrantes al entrar en contacto con la nueva sociedad[14], ya son una suerte de constancia del surgimiento de una cultura radicalmente diferente.

Por otra parte, la noción de literatura nacional es sacudida cuando el criterio de clasificación es lingüístico. En estos casos es necesario aplicar los conceptos de intertextualidad y de dialogismo para comprender el funcionamiento y la naturaleza dinámica de las lenguas que se forman a base de “préstamos” de otras lenguas; lo mismo sucede con las literaturas y la mezcla o sincretismo de imaginarios y de culturas. En el terreno de las letras, hasta antes de la segunda Guerra Mundial, una frontera simbólica que actuaba de manera inferiorizante y paralizante en la literatura quebequense era la literatura francesa puesto que era el “modelo insoslayable, el ideal inalcanzable y código de evaluación” de lo que se producía en la provincia. Entre la referencia a la antigua metrópoli y la reivindicación de la diferencia por pertenecer al nuevo mundo, reproduce una transformación paulatina.

En este sentido podemos observar que el proceso de americanización del discurso poético quebequense se gesta desde la Légende d’un peuple (1887) de Louis Fréchette hasta L’Age de la parole (1965) de Roland Giguère. Fréchette se coloca en la perspectiva del europeo huyendo del viejo mundo que se derrumba y que anda mal. Mas el tono evoluciona hasta los acentos líricos de un Gastón Miron. La historia de la literatura quebequense gira entonces alrededor de dos ejes: la palabra y la americanización. Los descendientes de los colonos franceses buscan, en el terreno de la identidad, un equilibrio entre los franceses que fueron, los ingleses en que se convirtieron conforme a su estatuto político y los americanos que dicen y pretenden ser.

Un criterio para medir el alcance de esta evolución es que, a diferencia de, por ejemplo, una identidad francesa que podríamos considerar como la culminación del pasado, como la lenta construcción de la historia, la noción de quebecidad se abre más bien hacia una perspectiva por venir, como un proyecto futuro. Más aún, habría que añadir que en la historia más reciente de Québec, la presencia cada más militante de los amerindios vino a modificar considerablemente el discurso literario.

Para ilustrar esas fases de conflicto en aras de la afirmación de la identidad tomemos un ejemplo de la historia literaria reciente que pone de manifiesto que, dentro de la tradición narrativa quebequense, Kamouraska (1970), se estructura, como muchas otras obras de Anne Hébert y de otros autores, sobre la base de binomios o desdoblamientos, a fin de cuentas equivalentes a fronteras que separan del Otro y, como se ve, considerados casi siempre a través del criterio moral:

  • católico vs protestante o no católico
  • francés vs inglés o extranjero
  • bueno vs malvado
  • esposa vs amante
  • ciudad vs campo o “el gran Norte”, la inmensidad polar…

Todavía no hace mucho que, en su conjunto, éstos y otros elementos seguían cuadrando bien con la identidad quebequense, de acuerdo con la lectura que hacemos de ella y con la manera como se construye dentro y mediante la literatura.

Si ahondamos en el binomio francés vs inglés o extranjero, presente desde siglos atrás, veremos que en ocasiones cobra matices casi trágicos pues plantea en toda su magnitud el problema de la extrañeza, de la alteridad, con todo lo que eso implica de cuestionamiento de la propia identidad, en virtud de la carga simbólica inherente al estatuto de colonizados. El carácter trágico proviene asimismo de la apretada red que representó la moral social dominante en el Canadá francés, fuente de un cierto grado de fatalidad. La imagen del inglés-extranjero ejerce así una suerte de fascinación en los personajes masculinos, pero de cuya confrontación los quebequenses hombres salen perdedores.
       

Fecha de publicación en red: 22/Febrero/2004
Revista Mexicana de Estudios Canadienses.
otoño 2002, nueva época, número 4.


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