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PARALELOS Y CONVERGENCIAS: UN DIÁLOGO A TRAVÉS DEL CONTINENTE* |
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He llamado a mi artículo: “Paralelos y convergencias: un diálogo a través del continente. En el campo de la literatura, h habido muchas conversaciones inesperadas entre nuestras dos culturas. Paralelos: Deseo situar paralelos para futura especulación, lugares a los que podamos volver por cosas en común. En otras palabras, deseo ofrecer algunas suaves pinceladas sobre el lienzo de nuestras preocupaciones culturales compartidas. En 1961 Octavio Paz trató de definir el carácter y cultura de México en lo que se volvió un clásico moderno: El Laberinto de la Soledad. Él escribió: “A pesar de la con frecuencia ilusoria naturaleza de los ensayos sobre la sicología de una nación, me parece que hay algo revelador en la insistencia con la que un pueblo se cuestiona a sí mismo durante ciertos periodos de su crecimiento”. Paz estaba fascinado con la preocupación de México con su propia identidad nacional. “En una ocasión sentí que nuestras especulaciones sobre el supuesto carácter del mexicano no eran sino subterfugios de nuestra impotencia como creadores, que nuestro complejo de inferioridad influenciaba nuestra preferencia por el análisis y que la pobreza de nuestro resultado creativo se debía no tanto al crecimiento de nuestras facultades críticas a expensas de nuestra creatividad, como lo era a nuestra instintiva duda sobre nuestras habilidades”. Paz descubrió que estaba equivocado. El se percataría que la meditación mexicana sobre la identidad, lo que él llamó este “cuestionarnos y contemplarnos a nosotros mismos” era parte de un proceso orgánico y necesario en la evolución de la cultura literaria mexicana moderna. En 1965, en su ensayo Conclusión a la historia literaria de Canadá, el crítico canadiense internacionalmente aclamado, Northrop Frye, describió a su país como una cultura preocupada con su identidad nacional. La “fijación de Canadá con su propio pasado, su propensión a las anticuadas técnicas literarias, su preocupación por el tema de la reprimida facilidad de articulación” eran, según expuso, problemáticas. ¿Por qué el mejor trabajo a la fecha era de naturaleza crítica y documental en vez de ser de naturaleza creativa? Antes de que artista canadiense se preocupara con la pregunta “¿Quién soy yo?” —esa obsesión con la identidad personal tan germinativa para toda creatividad— primero tendría que resolver el acertijo de la ambigüedad de su contexto cultural: “¿Dónde es aquí?”. “Canadá estaba sufriendo de una mentalidad colonial”, escribió Frye en 1965, esa creatividad inhibida, trabajando como “un congelamiento en las raíces de la imaginación”. En los últimos cuarenta años, desde que Paz y Frye exteriorizaron sus preocupaciones, Canadá y México han visto tan importante florecimiento de la literatura que estos comentarios parecen casi raros y ciertamente obsoletos. ¡Han surgido tantos buenos escritores y se han escrito tantos buenos libros! Peor, si miran hacia atrás en la historia, las similitudes en la evolución de las artes en nuestras dos culturas es notable. Durante mi primera estancia larga en México —estuve aquí durante dos meses en 1994— me encontré siendo impulsada de regreso una y otra vez a visitar la Galería Nacional de Arte. Lo que constantemente me llamaba a regresar era la extraordinaria sensación de déjà vu que experimenté observando la colección. La evolución del arte mexicano parecía semejante en tantas formas a la del arte canadiense. Las artes en ambos países siguieron el mismo patrón de evolución. Primero fue el arte precolombino de los muchos pueblos indígenas de lo que se volvería Norteamérica; posteriormente llegó un periodo de arte colonial, tanto secular como religioso, que prestó atención, con casi imitación servil, a la pérdida madre patria de España, Inglaterra y Francia; luego llegó el arte de las guerras imperiales del siglo XIX y de las guerras de independencia. Para mediados del siglo XIX, ya que las culturas indígenas parecían estar efectivamente destruidas, los pueblos aborígenes se volvieron el enfoque de una nostalgia idealizada: proliferaban los retratos del noble bárbaro. A principios del siglo XX llegó el periodo de nacionalismo, tan elocuentemente lanzado como punta de lanza por Paz y Frye respectivamente, uno veía el surgimiento de un arte nacional confiado que podía tomar su sitio con comodidad sobre la escena internacional. Al mismo tiempo, la voz artística de los pueblos indígenas silenciados del continente empezó, por fin, a ser escuchada de nuevo. Este patrón común describe, por supuesto, el inevitable paradigma de la evolución de nuevas culturas mundiales. Toma un gran y doloroso examen de conciencia y sufrimiento a través de un sentido de inferioridad colonial, antes de que un nuevo y poderoso arte nacional surja de un pasado colonial. ¡Cuántos paralelos fascinantes pueden explorarse entre nuestras literaturas! Me gustaría ver a Sor Juana Inés de la Cruz colocada al lado de Marie de L’Incarnation, amas magníficas mujeres que fueron figuras fundamentales en nuestras dos sociedades. Marie Guyart, nacida en Tours, Francia, en 1599, y viuda a los veinte años de edad. Ingresó a la Orden Ursulina y a los cuarenta años de edad se embarcó a Québec a fundar un seminario para niños nativos. Las miles de cartas que escribió a su hijo, un sacerdote Benedicto, durante sus treinta años en Canadá, marcan el comienzo de la literatura canadiense. Son vivaces, intensas, acres y sagaces, y demuestran una inmensa curiosidad y claridad de mente. Ella estaba en contacto con todos y escribió sobre todo, desde cultivos hasta las prostitutas de las colonias. Me gustaría ver a Juan Rulfo, el autor de la primera gran novela moderna en México, Pedro Páramo, junto a Sinclair Rose, cuya novela As For Me and My House (En cuanto a mí y a mi casa) cambió el curso de la moderna ficción canadiense. Pienso en Juan Rulfo, sobre su notable soledad, ganándose el sustento como vendedor de llantas. Esos quince años, de 1940 a 1955, caminando el territorio del estado de Jalisco, documentando el paisaje, los campesinos y el saber popular local con brillantes palabras y hermosas fotografías que arrebataban el corazón. “En mi vida hay muchos silencios”, dijo Rulfo, “También en mi escritura”. “Tranquilo, taciturno, cortés, fastidioso, docto y completamente sin pretensiones, Rulfo era una especie de hombre invisible”, escribió Margaret Sayer Peden. Cuando publicó Pedro Páramo en 1955, Rulfo fue reconocido de inmediato por sus colegas escritores como un genio. Sin embargo, nunca publicó otra novela. Pensando en Juan Rulfo, pienso en Sinclair Ross, nacido en un hogar canadiense cerca de Prince Alberto, Sasktchewan, quien creció sin padre en una granja de la pradera en donde su madre trabajaba como ama de llaves después de la ruptura de su matrimonio. Dejó la preparatoria antes de tiempo y tomó un trabajo como empleado bancario. Tranquilo, taciturno y completamente sin pretensiones, escribió una obra maestra, As for Me and My House, en 1941. La brillantez del libro no fue reconocida sino hasta que fue publicado nuevamente, en 1957. “En mi vida hay muchos silencios”, pudo haber dicho. “en mi escritura también”. Su obra maestra es un experimento. Escrita como el diario de una mujer, es una narrativa asombrosamente compleja y ricamente ambigua que hace a la realidad tan escurridiza y elusiva como es la realidad en el mundo de Rulfo. En rara ocasión ha sido la tensión de la soledad de una mujer registrada de mejor forma. Ross documenta el trágico aislamiento, el trabajo que cansa hasta los huesos, la impotencia del granjero de la pradera en vista de la implacable sequía y la depresión de los años treinta. Las praderas se volvieron tierra eriaza, y le tomó una generación recuperarse. En mi propio drama por comprender lo que significa ser canadiense, el maravilloso ensayo de Carlos Fuentes, Escritura céntrica y excéntrica fue de enorme ayuda. La mayoría de ustedes probablemente conoce este ensayo, pero déjenme refrescar su memoria. Fue escrito en 1974. En él, fuentes explicó que, siendo mexicano, creció creyendo que estaba condenado al exilio en la periferia de la literatura mundial. Como hijo de un diplomático, fue educado en las “severas escuelas inglesas” de Santiago de Chile y Buenos Aires, y la literatura británica fue el primer territorio imaginativo, aunque los dioses aztecas de su México nativo también poblaban ese territorio. Estos dos mundos parecían dividirlo irreconciliablemente, de hecho de forma esquizofrénica, hasta que, según explicó, encontró la llave de la integración. Admitió, dado su machismo mexicano, que era difícil de confesar que dos mujeres, Jane Austen y Emily Brontë, alteraron su percepción de la literatura. Jane Austen identificó el atolladero que confrontaba; la suya era la voz que lo excluía. Según explicó él, ella escribió como si representara una “naturaleza humana eterna, firme y universal”. Detrás de ella estaba la importante convicción de que “la naturaleza humana siempre es una y la misma, aunque desarrollada como imperfección, como lo planteó Locke, en los niños, los locos y los salvajes; y que esta naturaleza humana verdadera será encontrada permanentemente fija, en Europa y en las elites europeas”. Ésta era la presuntuosa voz de la cultura céntrica. Pero aun dentro de sus fronteras se encontrarían la voz del rebelde o del excéntrico —Emiy Brontë—. Para Fuetes, Emily Brontë era “la portadora de trágicas oposiciones, de los sueños secretos, las obscuras locuras y la inocencia perdida, los amores prohibidos”. La suya era la voz de la rebelión contra el monopolio del poder y de la superioridad de la cultura céntrica. Ella demostró que la literatura es capaz de recibir las contribuciones excéntricas de todos nosotros. Cuando busco al Carlos Fuentes canadiense pienso en Robertson Davies. Cuando le preguntaron que estaba haciendo en su gran novela Fifth Business (Quinto Asunto), publicada en 1970, Robertson Davies dijo: “Estaba tratando de registrar l bizarra y apasionada vida del pueblo canadiense”. “Fifth Business” es un término que Davies tomó prestado de la ópera. En la ópera hay cinco personajes: el héroe, la heroína, l rival femenina, el villano y el Quinto Asunto. Éste es el extraño, es el auxiliar, el intermediario que ayuda cuando es necesario en el progreso de la trama, pero que nunca es por sí mismo el centro del drama. En 1970, Fifth Business le sirvió a Davies como una maravillosa metáfora para la percepción de los canadienses de sí mismos. Davies ha dicho que Estados Unidos es una cultura freudiana, con un tipo de visión maniquea de la psique; en la ideología y experiencia americana lo que realmente atrae es la tensión entre el individuo bueno y el individuo malo, el ego y el id, y la ferocidad intelectual de los asuntos en EUA viene de esta tensión negro-blanco. El temperamento canadiense es jungiano —los canadienses son grandes represores que se esconden tras una apariencia cuidadosa. Como un gran personaje jungiano, Dunstan Ramsey, quien interpreta a Fifth Business en la novela de Davies, debe confrontar el hecho de que ha vivido su vida como un deporte de espectador. Siendo canadiense se ha asumido excluido de cualquiera de las grandes aventuras espirituales. De forma divertida, tiene que descubrir que es mucho más interesante que la persona que presenta al mundo. Siempre actuando con responsabilidad, nunca cruzando las fronteras de la propiedad debido al miedo a la censura, ha dirigido sus pasiones a excentricidades manejables, a pasatiempos. Nunca ha asumido la autoridad moral, el ánimo para ser plenamente él mismo. Davies manda a su personaje a México y después a Europa. Se encuentra con un salvaje mago quien resulta ser amigo de su niñez canadiense, una suerte de álter ego, y la aventura que emprende con esta sombra de su yo, lo lleva a través de una necesaria integración jungiana. De hecho se vuelve un personaje formidable. Y esto me recuerda que la literatura canadiense también participa en el excéntrico diálogo desde su propia perspectiva externa. Canadá forma una cartografía literaria única. En el ámbito nacional, la literatura es compleja, dividida en dos idiomas: literatura canadiense francesa y literatura canadiense inglesa, así como la fundadora literatura de las Primeras Nacionales. La escritura canadiense también es regional, preocupada por la articulación de la vida local. Podemos hablar de identidad de la pradera, de identidad de la costa oeste, o marina o de Notario, todas bajo la holgada sombrilla del complejo canadiense. Y También hay nuevos escritores emigrantes —chilenos, checos, africanos, caribeños, etc., quienes están añadiendo otra dimensión a la conversación cultural. Como la literatura mexicana contemporánea, la canadiense moderna ha superado el colonialismo cultural. Ahora sus escritores participan agresivamente en la cultura internacional. También como México, diría que Canadá tiene una interesante perspectiva que ofrecer en la lucha contra las presiones homogeneizadoras de la cultura tecnológica masiva. Como país, somos testigos externos del diálogo centrista del poder. Ésta es la penetrante mirada que los escritores heredan y no es una mala posición en la cual estar. La misión del escritor es extender siempre y en todo lugar los límites de lo real, fracturar y reinventar el lenguaje para que sea capaz de llevar nuestra singular experiencia. Toda escritura es, al final, excéntrica, comprometida con proyectar un curso centrífugo contra las fuerzas reductoras que nos harían vivir vidas anónimas y condescendientes. Antes de concluir, quisiera hablar brevemente sobre la importancia de México para la labor de un número de escritores canadienses. Los escritores canadienses que escriben sobre México son una legión. Sin embargo, existen aquellos cuyo trabajo ha sido cambiado inexorablemente por encuentros más profundos. Primero pienso en Elizabeth Smart (1913-1987) cuya biografía escribí en 1991. La biografía se llamó By Heart: Elizabeth Smart / A Life (De memoria: Elizabeth Smart / Una vida) y se tradujo al español con el título Elizabeth Smart. Creo que un viaje a México en 1939 alteró la estética de Smart como escritora. Ese año en México, se encontró con Alice (Rahon) y Wolfgang Paalen, artistas surrealistas expatriados. Los había conocido antes en París a través del pintor Jean Varda, cuyo castillo en Cassis se había vuelto una “encrucijada para pintores como Picasso, Braque, y Miró”. En 1939, los Paalen vivían en “Los Cedros y Begonias” en San Ángel, en el centro de un exuberante círculo artístico que incluía a Frida Kahlo, Diego Rivera y otros. Smart ayudó a los Paalen con la preparación de la “Exhibición Internacional de Surrealistas” de André Bretón, llevada a cabo en la Galería de Arte Mexicano Inés Amor en 1940. Libre de la familia y de presiones culturales, en México, Smart sostuvo una relación lésbica con Alice Paalen, quien era poeta y pintora, anteriormente amante de Picasso. Era liberador y esto la llevó a la primera obra importante de escritura que Smart logró: la historia llamada “Dig a Grave and Let us Bury our Mother” (Cava una tumba y enterremos a nuestra madre), que describe el sáfico encuentro con increíble candor. Smart habló de la extraña y cruda apertura del paisaje desértico de México, como si hubiera definido México, al cual encontró mitológico y misterioso, como un espacio femenino. Me pregunto en cuánto se vio influenciada Smart por Frida Kahlo, quiera era, por supuesto, una de las primeras mujeres en pintar la matriz y genitales femeninos: “Mi idea era explicar la parte interna de una mujer”, explicó Kahlo. En las pinturas como El abrazo de amor del universo, en la cual se presenta a sí misma abrazada por la diosa tierra con un Rivera desnudo sobre su regazo, Kahlo creó un mito de poder femenino. Tal vez esto fijó un precedente para Smart, dándole el valor de escribir “Cava una Tumba”. Smart dijo que, a través de su relación sexual con Alice Rahon, había sido capaz de liberarse del “terror de la madre”. El candor erótico de la historia que escribió parece haber sido una preparación necesaria para escribir su gran novela By Grand Central Station I Sat Down and Weept (Por la Gran Estación Central me senté y lloré), que ha sido llamada una entre la media docena de obras maestras de la prosa poética en el idioma inglés. Finalmente pienso que P.K. Page, quien vivió en México de 1960ª1964. Cuando P.K. Page arribó a la ciudad de México en 1960 como esposa del embajador canadiense Arhur Irwin, no es probable que la embajada de Canadá haya visto antes a su tipo de mujer. Tenía cuarenta y cuatro años de edad, era muy hermosa y ya una escritora exitosa, con una novela, varios libros de poesía y un Premio del Gobernador General en su haber. En México, debido a ella, la residencia de la embajada en Montes Cárpatos de repente se vio llena de artistas como Leonora Carrington, Remedios Varo, José Luis Cuevas y otros. Una tarde después de una cena del embajador, P.K. Page se encontró relatando una extraña experiencia de su niñez. Su madre y ella estaban paradas viendo por la ventaja de la sala de su hogar y de repente supusieron a mirar fijamente a los ojos de una criatura completamente terrorífica que las estaba observando. Page me contó en una entrevista que “se veía como las descripciones actuales de los extraterrestres: ojos redondos y oscuros como pequeños discos, barbilla puntiaguda, angosto con lánguido pelo, suave como de bebé, casi como si estuviera bajo el agua”. La criatura no era amenazante, pero la asustó. Se volvió hacia su madre, que también la había visto, y su madre cerró la persiana con tranquilidad. Page no sabía quién estaba en su audiencia cuando contó su historia en la embajada esa noche. Leonora Carrington se acercó y dijo “Suena totalmente cierto”. Otros hubieran desechado la historia como fantasía o excentricidad. Para Carrington esto era materia elemental, dadas sus visiones, pero tenía verisimilitud. Las dos mujeres se volvieron amigas de inmediato. Cuando Carrington descubrió que Page podía hablar su idioma, de inmediato la invitó a su estudio. Y empezaron a pintar juntas. Corrían por México en el coche de Page, venciendo las glorietas en donde el tráfico emergía de ocho direcciones diferentes, buscando pigmentos de hoja de oro. Page también ayudó a Carrington con la producción de su obra surrealista Penélope, ayudando en la labor de hacer escenarios de papel maché, disfraces y máscaras para los personajes, que incluían un fabuloso y omnisciente caballo mecedora y una enfermera profética vestida en su personaje verdadero como una diosa vaca. En retrospectiva, P.K. Page describe su estancia en Latinoamérica. Si Brasil fue día, entonces México era noche. Todas las imágenes de la oscuridad revolotearon para mí en la luz del sol de México. Si Brasil fue un cambio de lugar, entonces México fue un cambio de tiempo. Se estaba muy cerca de los viejos dioses aquí, en donde los objetos se disolvían en sus símbolos... Viniendo como yo de una cultura al azar u orientada hacia caprichos, la recurrencia e interrelación de símbolos en un patrón ordenado e importante era curiosamente esclarecedor [...] La oscura noche mexicana me había guiado de regreso a mi misma y estaba alarmantemente consciente de las seis dimensiones del espacio. Los grandes poemas de P.K. Page escritos después de su retorno a Canadá, surgieron, al menos en parte, de la nueva comprensión que el arte mexicano del simbolismo le ofreció. Hay muchos otros grandes escritores de quienes podría hablar y que han escrito sobre México: Leon Rooke, Al Pudrí, Patrick Lane, Leslie Krueger me vienen a la mente de inmediato. Pero les dejaré eso a otros y terminaré con una nota personal. Mi propio libro, Labyrinth of Desire: Women, Pasión and Romantic Obsession (Laberinto del deseo: mujeres, pasión y romántica obsesión) empieza con una corta historia ubicada en México. ¿Por qué? Porque no podía pensar en una ciudad más emocionante para servir como el contexto de una romántica historia de amor. Mientras que la historia de amor que escribí es ficción, el componente autobiográfico de la historia es mi amorío con México mismo. * Este Texto se presentó como la conferencia magistral. Para su publicación se editaron las pares que se dirigían al público. La autora agradece la invitación a participar en este evento auspiciado por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, la Embajada de Canadá en México en conjunto con la Asociación de Estudios sobre Canadá.
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| Fecha de publicación en red: 07/Julio/2004 | |||||||
| Revista Mexicana de Estudios
Canadienses. Núm. especial, primavera 2002, nueva época. © Copyright 2003 - 2004. Asociación Mexicana de Estudios sobre Canadá, A.C. |
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